Una curiosa decisión: ¿Por qué marginar ahora de La Habana al general Mora?

En una aparición matinal ante la prensa el lunes 16 de marzo, el presidente Santos anunció que ya no será necesaria la “presencia permanente” en la mesa de negociaciones de La Habana de los generales Jorge Enrique Mora y Óscar Naranjo, quienes desde noviembre de 2012 hacían parte de la delegación del gobierno que negocia con las FARC.

No fue una salida definitiva. El presidente se cuidó de precisar que ambos dejan de ir a todos los ciclos en La Habana, Naranjo para dedicarse al incipiente (y, por ahora, sin plata) ministerio del Posconflicto, y Mora para acompañarlo en “una serie de reuniones” con los militares para hablar del proceso y el futuro. La presencia de otros generales en la subcomisión que discute cese bilateral de hostilidades, añadió Santos, “en cierta forma cumple con uno de los propósitos de la presencia” de Mora y Naranjo.

Esas explicaciones no convencen.

Una de las grandes diferencias –y una de las grandes ventajas– del actual proceso frente a los anteriores ha sido tener a bordo, desde el comienzo y de manera permanente, a los militares. Si ya hay descontentos y oposición entre los militares, basta imaginar lo que serían si Mora no estuviera ahí. Y justo cuando la negociación entra en una fase crítica, dejará de hacerlo.

Los dos casos son distintos. La participación de Naranjo ha sido más esporádica (solo estuvo permanentemente durante la discusión sobre drogas ilícitas). Tiene un ministerio por inventar. Y, como todo el mundo sabe, el problema no es la Policía; son los militares. Ese era justamente el papel del general Mora: un testigo de primera mano y de confianza de activos y retirados, para mantenerlos al tanto y tranquilos sobre lo que se discutía con las FARC.

Esa figura se pierde. Y no la compensa la presencia de altos oficiales activos en la subcomisión del punto de fin del conflicto. Estos son subordinados del Presidente y cumplen órdenes, mientras Mora, en retiro, tiene cierta independencia por estar fuera de la cadena de mando. En eso reside su credibilidad entre sus antiguos compañeros. Además, Mora estaba en la Mesa; los otros, en una mesita auxiliar.

Mora ya venía haciendo reuniones con los militares activos y retirados, como a las que lo convidó el Presidente y no se ve muy bien por qué ir a La Habana 11 días cada tres semanas le impediría seguir haciéndolas.

No es, pues, claro cuál es el beneficio de que los militares pierdan a quien era probablemente su único negociador de plena confianza. ¿Por qué marginar ahora al general Mora de La Habana? Una pregunta que el Presidente no respondió.

Mora era el termómetro de los militares en La Habana. Ojalá el cese de su “presencia permanente” allá no cause súbita fiebre en las filas acá.