¿Fue ‘emboscada, contraemboscada o asalto’?

Después de matar a 11 militares y herir a otros 20, las Farc deberían responder al menos dos preguntas.

(No fue un crimen de guerra: el Fiscal quizá busca añadir una de cal a otras de arena, como proponer trabajo social para los guerrilleros desmovilizados). Pero hay dos interrogantes claves para el proceso tras esta acción.

Uno. ¿Fue, como todo indica –Medicina Legal, la versión militar, la decisión del Presidente de reanudar los bombardeos– una acción ofensiva, no un combate, contra el Ejército y, en consecuencia, una violación del cese unilateral de esas acciones decretado por las Farc el 20 de diciembre?

Dos. ¿Fue una acción unilateral de un destacamento y, en consecuencia, una desobediencia a la orden del Secretariado de cesar ese tipo de operaciones? Si lo es, sería un grave indicio de que el tiempo del proceso empieza a incidir en la disciplina de la guerrilla y en el acatamiento vertical en una organización que hasta ahora ha hecho gala de mando y control estalinistas. Pablo Catatumbo, el jefe de la columna Miller Perdomo, a la que se atribuye lo ocurrido, está en La Habana. Si esa columna actuó por su cuenta sería la primera campanada de alarma frente el acatamiento final de lo que se acuerde con el gobierno por parte del conjunto de las Farc. Y podría tener paradójicas repercusiones en la decisión de los jefes guerrilleros de acelerar (o frenar) el proceso.

Hasta ahora, las Farc han sido ambiguas frente a la primera pregunta y herméticas ante la segunda.

Catatumbo dijo que hubo desembarcos de tropas en el área y que se produjo “un enfrentamiento militar producto de un asedio”. Pastor Alape, un día antes, calificó lo ocurrido como “emboscada, contraemboscada, asalto, lo que haya sido”. No lo llamaron “combate”. Pero tampoco aceptaron que fue un ataque.

¿Fue una acción ofensiva que rompió el cese unilateral? ¿Fue un acto de desobediencia o es parte de las órdenes?

Las respuestas están ligadas a lo más importante: la suerte del proceso.

Lo ocurrido no paralizó la Mesa: las Farc hicieron una acción que despertó repudio, el Presidente respondió, y las Farc no ripostaron con alguna decisión que hubiera escalado las cosas, como suspender el cese de hostilidades o la negociación.

Sin embargo, lo que pasó puede tener consecuencias de fondo. Retrocede varios meses la confianza que han ganado las partes. Da munición a la oposición –que trina enardecida, incluso versiones falsas como que se habría negado apoyo aéreo a los miitares atacados– y varias dosis de refuerzo al escepticismo en la opinión pública. Y, sobre todo, genera dudas de fondo sobre el acatamiento a las órdenes de los jefes de las Farc y su eventual impacto sobre sus negociadores en La Habana.

Timochenko acaba de decir que las conversaciones “no pueden romperse por ningún motivo”. Por el bien del proceso, las Farc deberían responder sin ambiguedades esas dos preguntas.

PARA LEER

El Tiempo tiene un buen croquis de lo ocurrido (versión oficial)

La Silla Vacía aporta un argumento –interesante pero polémico– sobre el impacto entre los militares.

Reconciliación Colombia contrasta la tesis del fiscal con lo que dice el derecho internacional humanitario.